Su historia

Quién es David

Contado por los suyos.

David nació un 4 de marzo de 2008, el primero de tres hermanos, con una sonrisa en la cara que no se le borró hasta el 11 de junio de 2025, que se fue al cielo porque ya lo tenía más que ganado.

Pasó una infancia y una corta adolescencia en las que destacaba su eterna sonrisa alegre, siempre rodeado de gente. Siempre fue un niño inquieto, despierto, deportista y muy inteligente. Gon nació con año y medio de diferencia con él; Almudenita, en 2014. Hicieron la Primera Comunión juntos, David y Gonzalo, en 2017. Durante un curso entero, cada semana, David, Gonzalo y su madre iban al asilo de Santa Mónica a acompañar a los mayores y a servirles la cena. En 2019 recibió el premio de deportista del año de su curso. En 2022 se confirmó. El verano de 2023, el de antes de ponerse enfermo, lo llamaron siempre «el mejor verano de su vida».

David en la adolescencia, antes de la enfermedad
Antes de la enfermedad.

3 de mayo de 2024

Con 16 años entró un 3 de mayo en el servicio de urgencias del Hospital Doctor Peset. Llevaba unos meses de vómitos continuos y diarios, el cuerpo contracturado, severos dolores de cabeza; se le estaba empezando a ir un ojo, oía un zumbido y tenía un cosquilleo en la parte izquierda de la cara. No podía estar mucho rato sentado porque su cuerpo no lo aguantaba, y de vez en cuando se tumbaba para descansar: si no encontraba sitio, en el mismo suelo. Pero hasta entonces seguía haciendo vida más o menos normal, porque ninguna prueba daba síntomas de nada.

Tras un primer diagnóstico de meningitis infecciosa fue subido a planta en casi aislamiento. Pronto se descartó, y empezó el baile. Cada día le extraían sangre y estudiaban su caso para ver qué estaba pasando por ese cuerpecito adolescente que fallaba sin ningún motivo visible a la ciencia. Durante más de dos meses le hicieron todo tipo de pruebas, muchas de ellas dolorosas —más de cinco biopsias, dos de ellas de médula espinal—, y en ningún momento mostró que le molestaran. No lo mostraba, pero los que estábamos cerca sabíamos que tenía unos dolores enormes y que, por amor al que tenía enfrente, nunca se quejó. Ni una sola vez. Desde el punto de vista humano o médico nos dimos cuenta de que eso no era posible.

«Quejarse no iba a cambiar el diagnóstico, y lo único que podría pasar es que el que estaba enfrente se sintiera mal por si me hacía daño.»
Primer ingreso hospitalario de David
El primer ingreso.

El nombre

Cuando ya no quedaban más pruebas posibles tuvo que cambiar de hospital, y nos fuimos a La Fe. Curioso nombre de hospital al que nos llevaron, porque su fe movía montañas. Allí le hicieron numerosas intervenciones quirúrgicas, entre ellas una craneotomía para poder realizar una biopsia de la masa madre y la colocación de un aparato para medir la presión cerebral, que tenía descontrolada.

El primer diagnóstico fue devastador: contra todo pronóstico, parecía que tenía un cáncer, un linfoma, algo que se había descartado en numerosas ocasiones porque los índices tumorales salían siempre negativos. Fue un duro golpe que nos preparó para el golpe final, porque el diagnóstico definitivo vino una semana después, casi tres meses después de su primer ingreso. No era un linfoma. No era leucemia. Era algo mucho peor y mucho más raro: un tumor glioneuronal leptomeníngeo difuso de alto grado, un cáncer del que se sabía muy poco porque la OMS lo había descrito por primera vez hacía apenas unos años.

David tenía el cerebro y la médula espinal llenos de tumores. Se quedó ciego y en silla de ruedas, porque su movilidad se redujo a la nada en muy poco tiempo.

Poco había que hacer. David se iba a morir.

Después de saber el nombre y lo que eso conllevaba, mi marido y yo nos lo lloramos todo, nos abrazamos y nos pusimos en las manos de Dios.

Año y medio

David luchó, vivió, disfrutó y amó su enfermedad durante año y medio, transmitiendo una alegría muy llamativa a los médicos, familiares y amigos que le rodearon y le cuidaron de una manera maravillosa. Duró lo previsto científicamente hablando. Lo que no estaba previsto es cómo lo hizo, porque lo hizo de una manera que los ojos humanos no entienden: solo lo puede entender un corazón enamorado de Dios, y solo lo puede vivir así un niño totalmente invadido del Espíritu Santo.

Dio ejemplo desde el minuto uno en que entró por la puerta de ese hospital —tuvo una despedida del Peset digna de ver y de contar— hasta el último día, en que, acompañado de los que le queríamos, tuvo que marchar al cielo porque lo había dado todo. No bajó los brazos en ningún momento. Decidió luchar humanamente lo posible, pero sobre todo luchó por amar cada día. Entendía que su curación no era posible y abrazó los planes de Dios con una alegría y una entereza que no dejaban indiferente a nadie.

En varios momentos hasta los médicos se inquietaban por si no nos estábamos dando cuenta de lo que realmente estaba pasando. Pero lo teníamos muy claro, y especialmente David: sabía muy bien que se iba, y no le importaba, porque amaba la vida, pero amó todavía más los planes que el Señor tenía pensados para él.

David el día que terminó la radioterapia
El día que terminó la radioterapia.

Lo que hizo con el tiempo que le quedaba

Exprimió cada día dándose a los demás y disfrutando de la vida en la medida en que su cuerpo castigado se lo permitía. Organizó un montón de cosas, humanas y sobrenaturales.

Se asoció a la ONCE, porque había perdido la vista casi por completo, y tuvo que aprender a hacerlo todo de nuevo: a leer, a escribir, a manejarse con la tecnología. Los profesores que iban a casa decían que no habían conocido a nadie como él. Sacó con éxito la mitad de primero de bachillerato con la ayuda de su profesora. Montó una campaña de Navidad con la ayuda de su admirado Pepelu, jugador del Valencia CF, que se convirtió en un gran amigo suyo y le acompañó hasta el final de sus días. Se reinventó en sus grandes pasiones: la pesca, su amada Galicia y sus amigos. Iba a rehabilitación, daba clases particulares por la tarde y salía en kayak a pescar.

Y dio charlas. Colegios y universidades llamaban para que fuera a contar su historia y a motivar a los jóvenes para que no se rindieran. Iba.

David pescando en kayak
David dando su testimonio en un colegio

El rosario de la alegría en familia

Todos los miércoles montaba un rosario online con la idea de pedir el milagro de su curación. Pero muy pronto fue cambiando el mensaje, porque sin darnos cuenta el milagro estaba pasando: el milagro era él.

No quería que ofreciéramos el rosario por él. Sentía que había cosas más importantes y así lo dejó claro en numerosas ocasiones: nos pedía rezar por los matrimonios, para que los jóvenes se acercaran a Dios y por el amor en las familias. Lo llamaba el rosario de la alegría en familia. También hablaba de la importancia de la conversión de los no creyentes, y cuando lo hacía lo transmitía con una sabiduría impropia de un chico de 16 años.

David entendió lo importante de esta vida: disfrutar de ella para llegar al cielo. Y así lo hizo, y nos lo enseñó a todos los que tuvimos la suerte de estar cerca de él. Un amoroso milagro para todos los que le rodeamos.


«Es duro saber que tu hijo se puede morir, pero tenemos a Dios en nuestras vidas.»
Almudena, su madre